Con el devenir del comercio, la industria y los servicios, pero especialmente con la sucesión de revoluciones tecnológicas, cada vez más vertiginosas y equidistantes en el tiempo una de la otra, la agricultura y la sociedad rural fueron compartiendo su protagonismo con las urbes y con otras actividades productivas, comerciales y de servicios igualmente importantes.
El conocimiento es el elemento común presente en todas las revoluciones tecnológicas.
La primera aplicación del conocimiento que marcó una nueva etapa en el desarrollo de la humanidad fue aquella donde el ser humano lo dedicó a la tierra, logrando hacer de la agricultura una actividad establecida y capaz de organizar sobre ella a la sociedad; fue la etapa de la revolución de la agricultura.
La segunda revolución tecnológica sucedió entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, y permitió el nacimiento, consolidación y hegemonía de la industria; fue la llamada revolución industrial. Sus elementos distintivos fueron la máquina de vapor, el uso del carbón y del acero. Para esta revolución, el ser humano aplicó el conocimiento no sólo a la tierra, sino también a los instrumentos de trabajo, a las herramientas, a las máquinas, a los productos, lo que le permitió transformar su entorno y el mismo estado del conocimiento. Además, le ayudó a incrementar la satisfacción de sus necesidades.
La tercera revolución tecnológica ocurrió pocas décadas después, desde finales del siglo XIX hasta mediados de este siglo que está por concluir. Sus elementos distintivos son: el petróleo, la electricidad y el motor de combustión interna. En esta etapa, el ser humano aplica el conocimiento al trabajo en sí, o sea, a los procesos del trabajo, sus métodos y sus tiempos y movimientos. Aquí se asiste a la revolución de la productividad que se inicia con la gran transformación de la producción en línea ocurrida en los Estados Unidos de Norteamérica.
La cuarta y, hasta ahora, última revolución tecnológica de la humanidad, está sucediendo y se presenta con pocos años de diferencia de la anterior, prácticamente no hay frontera entre una y otra. Sus elementos distintivos son: la exploración y manipulación de la estructura de la materia, la biotecnología, la informática, las comunicaciones, la telemática, la robótica, y la aparición de los nuevos materiales, entre otros.
En la cuarta gran revolución tecnológica el conocimiento se aplica al conocimiento mismo. Se asiste, como lo señala Peter Drucker, a la revolución administrativa total, donde el recurso humano se ubica en el medio de los cambios.
El centro de gravedad se desplaza cada vez más hacia actividades abstractas , inmateriales , donde el pensamiento, el conocimiento y las comunicaciones, es decir, el recurso humano, adquiere gran relevancia, pues se torna en el factor productivo esencial del valor y de la competitividad, pero también en el factor crucial para detener el deterioro ambiental y la degradación de los recursos naturales para superar la pobreza y para impulsar con todo brío el desarrollo sostenible de los países y de la humanidad entera.
No es difícil imaginar que la actual revolución tecnológica mundial, vertiginosa, planetaria y contextualizada en la globalización y la apertura comercial, económica, financiera, humana, cultural y mental, marca un estado permanente de ruptura y cambio que obliga a mantener un enfoque global, holístico, humano, flexible y creativo.
Para los que se dedican a la agricultura, sea surcando la tierra, sea investigando la estructura de la materia, explorando la biodiversidad y buscando su prospección; sea transformando los productos, diseñando políticas, facilitando el diálogo, educando y capacitando, informando y comunicando, cualquiera que sea la posición en esta inmensa red de actividades que en conjunto forman toda una estructura sistémica integrada a la economía y a la sociedad, tienen el gran reto de crear una nueva institucionalidad y un nuevo enfoque, funcionales a las circunstancias actuales pero también estratégicas para tornar sostenible el desarrollo de la agricultura y los seres humanos involucrados en ella.
Esa nueva institucionalidad y esa visión renovada deben ser capaces de reflejar y ponderar la amplia red de interdependencias de la agricultura y el medio rural con el resto de la economía y la sociedad. Debe reflejar con toda claridad que la agricultura sigue estando presente en la vida cotidiana, que es realmente importante para todos, que sin añoranzas del pasado y romanticismos paralizantes, la agricultura es parte de un sistema globalizado e integrado.
En pocas palabras, sin magnificarla pero tampoco sin marginarla, esa nueva institucionalidad y esa visión renovada deben ser capaces de reconocer y hacer reconocer que todos viven de la agricultura y forman parte esencial del tejido económico y social del hemisferio.
En consecuencia, deben promover a la agricultura como un conjunto de actividades ejercidas por una colectividad que brinda amplias oportunidades de negocios, de valorización, de conservación productiva de los recursos naturales, de calidad de vida, de paz social, de gobernabilidad y de sostenibilidad.
Al reconocer la gran interdependencia que existe entre la agricultura, los recursos naturales, el medio ambiente, las políticas sectoriales y macroeconómicas, la institucionalidad y la gobernabilidad, sin duda se está construyendo un nuevo paradigma de la agricultura y el medio rural.