Escritor Invitado

Juicio ético cristiano a la economía chilena actual

Gonzalo Arroyo, S. J.
Economista chileno. Director del Instituto Latinoamericano de Doctrina y Estudios Sociales (ILADES). Chile.

El tema que tratamos aquí es difícil. Con frecuencia el peligro de la ética consiste en quedarse en el nivel de las grandes afirmaciones: realización de la persona, libertad, justicia equidad, solidaridad. Para tender puentes entre el idealismo ético y el mundo económico globalizado y complejo, caracterizado por su fuerte pragmatismo, hay que reconocer que en la economía actual hay margen para optar, aunque no se disponga de una libertad ilimitada. Para no quedarnos en los solos principios y buscar alternativas, comenzaremos echando una mirada al capitalismo mundial en pleno proceso de globalización, y luego trataremos de hacer un diagnóstico sobre la economía chilena, desde un punto de vista ético-cristiano.

Dentro de la economía mundial globalizada, debido al avance de las desregulaciones y de la apertura de las fronteras al comercio y a los capitales, la empresa se ha transformado en la fuente principal de creación de riquezas y en el motor del progreso económico, dentro de una competencia mundial a veces exacerbada. Por su parte, el papel del Estado en el campo directamente económico es hoy muy limitado, y la empresa tiene de facto un poder político creciente. La Iglesia, insiste en que las empresas no son sólo sociedades de capitales sino también de personas y que atienden deberes tanto para sus propios trabajadores como también hacia sus clientes (consumidores y proveedores) y hacia la comunidad en que se insertan. Una de las problemáticas éticas más debatidas hoy, es el rol que debe desempeñar el Estado, la sociedad civil y las empresas privadas, en la regulación del mercado, para lograr el bien común de la sociedad local, nacional y regional.

Cuál es la posición de la Iglesia después del cese de la guerra fría y la llegada de un mundo globalizado?

Comencemos por buscar criterios éticos para analizar la economía del país. Acudamos a la Doctrina Social de la Iglesia. Un principio ético que parece muy claro -a nosotros los cristianos- nos es proporcionado por Paulo VI: la Iglesia no le toca proponer modelos concretos de sociedad, sino más bien ofrecer orientaciones sobre todo morales, éticas, y no tanto el modelo concreto. Eso le toca sobre todo a los laicos, no al Papa ni a la jerarquía de la Iglesia.

Como lo plantea la Encíclica "Populorum Pregressio" "El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo hombre". Otro principio ético para juzgar el desarrollo, proveniente de la misma Encíclica, es que el desarrollo no nos debe llevar sólo "a tener más sino a ser más".

Sin embargo, él nos dice que si uno pudiera mirar un tipo de sociedad más ideal, ésta debería definirse como una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. En el fondo está diciendo: hay una economía de mercado que tiene que ser controlada por las fuerzas sociales, no solamente el Estado sino que todas las fuerzas sociales, es decir, por la sociedad civil, por las organizaciones, por los movimientos. Entonces, en esa sociedad donde hay una economía de mercado, el trabajo tiene que ser libre y, finalmente, la democracia debe ser participativa a todo nivel y no meramente electoral. Cuando dice libre se refiere a la persona humana que debe desarrollarse, debe dársele todas las oportunidades posibles, para que vaya creciendo en todas las dimensiones humanas.

Es indudable que el ideal ético propuesto más arriba, a saber el desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres, no se da en el mundo globalizado actual. Y en Chile tampoco se da, al menos no suficientemente. Sin embargo, si uno mira las tendencias, sobre todo económicas y sociales de nuestro país, éstas en general son positivas. El alto crecimiento económico que ya lleva muchos años, conduce a un mayor producto y mayor empleo y a un nivel de ingreso más alto. Los equilibrios macroeconómicos se han mantenido, incluso durante este período que han llamado de transición (que terminaba pero que ahora, al parecer, aún no terminó): la inflación ha bajado a una cifra de un dígito, el ahorro nacional alcanza a 28% -para los economistas esto es sumamente elevado- nos permite un ritmo de crecimiento del 7-8% anual; la balanza de pagos está equilibrada; las relaciones internacionales son numerosas; las exportaciones también han aumentado.

¿Dónde está el punto negro de la economía chilena desde un punto de vista ético? Sin duda, en la muy desequilibrada distribución del ingreso. Las cifras comparativas a nivel internacional muestran que Chile está muy mal situado. En 1992, tenía la siguiente distribución del ingreso: el 20% de la población con menos ingresos, recibía un 3.3% del ingreso total; el segundo quintil, 6.9%; el tercero 11.2%; el cuarto 18.3% y el quinto, es decir el de mayores ingresos, un 60,4% del ingreso total. Hay pocos países que le ganan a Chile en América Latina. Uno es Brasil, que es peor todavía, pero esto no es ningún consuelo, más aún si nos comparamos con los países desarrollados. Por ejemplo, el 20% superior de la población de Nueva Zelandia alcanza sólo a 36.6%; España 40%; Australia 42%; Francia y Estados Unidos 41.9%. ¡Todos más bajos que Chile!

Algunos dicen: la distribución del ingreso no es algo que entra dentro de lo moral. Se argumenta que sólo entra directamente en la moralidad, el nivel absoluto de los de más bajos ingresos.

Lo inmoral sería que éstos no tengan un nivel tan bajo, que impida a cada trabajador y a su familia un desarrollo personal y una vida digna. Esto es lo que cuenta, pero no interesaría, desde el punto ético, el nivel de ingresos del quintil más alto.

Yo creo que hay mucho de sofisma economicista en este tipo de argumentación. No sólo porque si existe un sector de la población que tiene tanto -tiene más del 60%- quedaría menos para los otros. Aunque se pudiera aceptar la argumentación, de que "no quedaría menos" con tal de que el sector de menos ingresos viviera dignamente, el problema es que a la larga, una sociedad con tantas diferencias sociales, en una época de comunicaciones amplias y de deseos consumistas exacerbados por la publicidad que llega a todos los hogares, crearía inestabilidad social y política.

Lo que es decisivo para lograr más equidad, es que haya una mayor igualdad de oportunidades de educación, de salud, alimentación, de vivienda y de trabajo para todos los ciudadanos.

En suma, la actual diferencia de ingresos es tan grande en nuestra sociedad que, ciertamente, hay que denunciarla desde el punto de vista ético.

En verdad, este tema pasa bastante desapercibido en comparación con la cuestión de la pobreza que sí está mucho más presente en el debate nacional. El ex-Presidente Patricio Aylwin decía recientemente que después de cuatro años de su gobierno y de los ingentes esfuerzos que hizo para lograr disminuir notablemente la pobreza, -de un 40 a un 32% de la población total- no logró avanzar casi nada en cuanto a distribución de ingresos. Yo agregaría, que por lo menos se mantuvo la misma distribución de ingresos, desde que comenzó el período de transición hacia la democracia hasta el fin del gobierno de Aylwin. Este no es el caso de otros países de América Latina donde la desigualdad creció, y aún en Estados Unidos como la demuestran estudios recientes sobre el enriquecimiento de los más ricos y la pérdida relativa de ingresos de las clases medias y bajas.

Si uno ve las estadísticas de PNUD sobre el Desarrollo Humano, Chile está en el lugar 37 a nivel mundial y en el segundo o tercero dentro de América Latina, lo que por cierto es muy laudable y debemos estar contentos. Sin embargo, estas cifras no registran la distribución del ingreso, lo que me parece a mí muy equivocado pues si lo hiciesen, caeríamos varios lugares en la clasificación, lo que por una parte no haría mal para corregir la autocomplacencia y exitismo que abundan en nuestro pequeño país. No es que estemos contra los ricos y menos aún contra los emprendedores que crean trabajo y progreso, y arriesgan en nuevas inversiones y empresas, sino que insistimos que un país cuyos dirigentes y ciudadanos carecen de solidaridad, a la larga van a fracasar.

Discutamos ahora el futuro de nuestra economía. Chile por casi diez años ha crecido a un ritmo sostenido bastante elevado lo que ha permitido aumentar el bienestar de gran parte de su población. Pero hay consenso en que esta etapa de nuestro país, que se abre al mercado internacional y a las inversiones extranjeras, y a la vez que ha logrado aumentar notablemente sus exportaciones, fue una etapa de crecimiento relativamente fácil.

Ahora, debe avanzar hacia una segunda etapa más difícil y de mayor competencia. Entrar al NAFTA, al MERCOSUR, al APEC y suscribiendo otros tratados bilaterales, nos lleva a una mayor apertura hacia el mundo, pero tiene nuevas exigencias. Podemos seguir con el mismo modelo exportador, basado principalmente en la diversificación y modernización tecnológica, ocurrida entre 1987-1994, del sector exportador de recursos naturales? Aquí los economistas lo dicen claramente: tenemos que pasar a una segunda fase exportadora, que implica grandes desafíos. Por ejemplo, la competencia aumenta y mientras tanto el dólar baja, debido al mismo desarrollo exitoso de la economía, lo que puede bajar los ingresos por exportaciones. Es el llamado "síndrome holandés" que comienza a afectar a Chile desde 1990.

Resulta indudable que el desarrollo tiene que tener algún norte, basarse en algún modelo, y por supuesto tener fines éticos para alcanzar el bien común del país. En el mundo de hoy hay como tres visiones, tres experiencias relativamente exitosas.

En primer lugar, está el modelo asiático basado en la industria protegida contra la competencia externa; con un Estado muy industrial, que tuvo éxito con los países de Asia. Estos son los nuevos "tigres" que crecieron en los años 60-70; sobre todo Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Hong Kong y Tailandia. Hoy día, dado que fue aprobado el GATT y que aumenta el proceso de globalización de la economía, no es posible desarrollar la economía con base en una industria protegida. Por lo tanto, ese modelo está excluido para nosotros, más aún a la economía chilena que ya es una economía muy abierta. Hay un segundo modelo que podríamos llamar neoliberal, basado sobre todo en el crecimiento extensivo de los recursos naturales exportados y la constitución de un nuevo tipo de plataforma de servicios financieros. Este no se preocupa de la agricultura que no es de exportación, reconvirtiéndola en la medida de lo posible a otra actividad, e importando productos agrícolas más baratos para el consumo interno. Se centraría en desarrollar una plataforma de servicios hacia el exterior y sobre todo, financieros. Hay muchas dudas sobre si hay verdaderamente condiciones para transformar a Chile en un nuevo Hong Kong, y si este modelo conllevaría una distribución más equitativa del ingreso, aunque hay que reconocer que el país tiene algunas ventajas comparativas en la banca, los seguros y las AFP. Pero comienza también a tener un "know how" exportable, no despreciable, en servicios de construcción e ingeniería, ligados al desarrollo del sector industrial no considerado en este modelo. El tercero es el llamado modelo nórdico, parecido al de Finlandia, Noruega y Nueva Zelandia. Es una vía mucho más democrática y equitativa y sustentada en tres "patas": (agricultura y minería (y otros recursos naturales) -industria-servicios), se caracteriza por desarrollar "clusters" o eslabonamientos productivos que surgen a partir de polos o sectores primarios, y que desarrollan además ventajas comparativas en ciertas cadenas que abarcan desde las materias primas, pasando por su transformación industrial y la fabricación de bienes de capital para las mismas, su mercadeo y servicios de consultoría. Es por ejemplo, el caso de Finlandia, que posee una ventaja comparativa considerable en lo forestal, en lo que es papel, maquinarias, etc. Este podría ser un camino para Chile.

Al terminar este comentario sobre la economía chilena, queda en evidencia que vencer el desafío de un desarrollo sustentable con cara humana y capaz de vencer la pobreza es un trabajo titánico, una tarea que sobrepasa a cualquiera de los actores sociales. Todos debemos participar, sentirnos anímicamente colaborando, de modo que cada uno, de manera solidaria, aporte su cuota de esfuerzo y sacrificio, para transitar como país al siglo XXI.



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